El dirty old man de la canción francesa, murió hace 20 años. Sin embargo, su legado musical es una carga explosiva de irreverencia e innovación que atraviesa las décadas y estalla en el nuevo siglo. Mientras los roqueros anglo rescatan sus temas y pagan tributo a su actitud desafiante, Francia lo recuerda como uno de sus más grandes cantautores.
Te enamoras de Brigitte Bardot y quieres que recuerde tu voz para siempre: tienes una canción de Serge Gainsbourg. Juegas y vuelves a jugar con las palabras hasta que la promiscuidad de sonidos se empieza a parecer a la música: tienes una canción de Serge Gainsbourg. Cantas sobre amor fou, tu infancia judía bajo la ocupación nazi o antihéroes flatulentos, Francia te llama genio y cerdo: tienes una canción de Serge Gainsbourg. Inventas a Gainsbarre, el alter ego vengativo que te mata por haberlo creado: tienes una canción de Serge Gainsbourg. Pero, ¿la tienes? Porque sin una voz grave e hipnótica, corroída por el alcohol y el humo de eternas noches al piano de tabernas sin salida, no tienes nada. E incluso con la voz, te faltaría ese ingenio retorcido que se enquistó en el ye-yé de los años 60 –aquellos chicos y chicas bailando la versión edulcorada del amor adolescente– para darle carne seductora y verbo excéntrico a la provocación sonora.
Con su apetito voraz por las mujeres, el alcohol y los cigarros, Serge Gainsbourg se anticipó a casi todo. Hizo dúos con modelos y actrices –como Bardot y Anna Karina, la musa de Godard–, incorporó ritmos afro a sus temas antes de que apareciera la etiqueta world music, asimiló el reggae y grabó en Jamaica adelantándose a roqueros y punks, hizo de sus letras (muchas intraducibles debido a los juegos gramaticales que permite el francés) un terreno de locura, tristeza y humor y, sin ser estrictamente un roquero, sus excesos, su apariencia desaliñada y su actitud rebelde lo hicieron el más auténtico rock star de la Europa de la época. Los roqueros anglo lo descubrieron tarde, con asombro y culpa, y desde los años 90 se han editado versiones de sus canciones a cargo de artistas como Nick Cave, Cat Power, Franz Ferdinand, Mike Patton (de Faith No More), Marc Ribot, Bret Anderson (Suede), Marianne Faithful, Tricky, Portishead y Jarvis Cocker, entre otros.
Pero al principio Gainsbourg tenía un problema, su aspecto no era el de un galán –y Jacques Brel se le había adelantado en el papel de cantautor reflexivo–, así que sus letras elaboradas y sus melodías diferentes fueron cantadas por otros. Luego de estudiar arte y pedagogía, trató con la pintura antes de trabajar como el pianista de un bar en el circuito de cabarets. Pronto le propusieron participar como cantante en el musical Milord L'Arsoille, consciente de su apariencia quería crearse un espacio como productor y compositor pero no como intérprete. De todas formas debutó en 1958 con el álbum Du chant a la une!... Sin embargo, en los temas que grabaron voces ajenas, la firma del perverso Serge siempre estuvo a la vista: a France Gall, una princesita del pop fresa, la convirtió en una Lolita que cantaba sobre ser una muñeca de trapo o sobre chupar chupetes (evidente doble sentido de la canción Les sucettes sumado, por si fuera poco, a un videoclip nada subliminal).
A pesar de sus significativos esfuerzos en álbumes como L’étonnant Serge Gainsbourg y Gainsbourg confidentiel, su fusión de pop y jazz no le permitió obtener el mismo éxito que logró con las canciones que al mismo tiempo componía para Petula Clark, Dionne Warwick y Juliette Greco. A finales de los años 60 conoció a Brigitte Bardot, se convirtió en su amante y, con la diva como su musa, la música de Gainsbourg se empezó a volver erótica y delirante. Juntos grabaron duetos en los cuales celebraban iconos de la cultura popular: Harley Davidson y Comic Strip, por ejemplo. También compuso para Vanessa Paradis, Isabelle Adjani y Jane Birkin, quien se convertiría en su mujer, luego en su ex mujer y madre de su hija y, hacia el final de su vida, en su gran amiga.
Fue junto a Jane Birkin que grabó su mayor éxito: Je t’aime… moi non plus, esa canción que fue prohibida en muchos países y que incluye gemidos femeninos y una letra explícita. Gainsbourg la compuso para Brigitte Bardot. Nunca la grabaron juntos, pues todo había terminado demasiado pronto entre ambos, pero sí llegaron a registrar Bonnie and Clyde, la otra gran canción que Serge, poseído por la pasión hacia su musa rubia, compuso la misma noche en la cual había escrito su mayor hit.
No hace falta hablar francés para entender las canciones de Gainsbourg. El despecho, la soledad, la euforia y el ardor, cada cual a su turno, están inscritos en su particular forma de cantar. La música de sus discos, que puede ir del rock suave acercarse al funk y exhalar baladas de ensueño, es una caja de sorpresas mal resguardada por Pandora. Sylvie Simmons escribe en la introducción a Serge Gainsbourg, la biografía: “Su producción musical a lo largo de tres décadas fue asombrosamente prodigiosa. Abarcó tal variedad de reinvenciones, incluyendo la música clásica, la chanson francesa, el jazz, el girl pop, el rock, el reggae, la música disco y el rap que hizo que David Bowie pareciera estancado”.
Serge publicó en 1971 su Histoire de Melody Nelson, un oscuro ciclo de canciones sobre el amor de un francés de mediana edad por una quinceañera inglesa que termina trágicamente. El disco señala su progresiva alienación frente a la cultura moderna: la enfermedad, las drogas, el suicidio y la misantropía se convirtieron en las fijaciones de álbumes cada vez más esotéricos y atrevidos. L’homme à tête de chou (1976), en cambio, es un disco sobre un tipo enamorado de una peluquera que termina matándola con un extintor de incendios, él recibe la locura como castigo y cree que su cabeza es una coliflor (un guiño auto paródico a la cabeza y la grandes orejas del propio Serge).
Aunque Gainsbourg nunca más llegó a gozar del éxito comercial que alcanzó a fines de los 60, siguió siendo una figura controversial e imponente en Europa donde fue tanto vilipendiado como glorificado por su comportamiento que incluyó, entre otras cosas, quemar 500 francos en la televisión y grabar una versión reggae de La Marseillaise. Los ’70 fueron años de nuevos hitos: Vu de l’exterieur, su disco de obsesión escatológica referenciaba tanto a Rabelais como a Dalí, aunque no fue entendido así, ni siquiera cuando editó la novela Evguénie Sokolov sobre un artista flatulento (que tiene mucho de autobiografía). En 1975, con Rock around de bunker, exorcizó sus traumas infantiles al burlarse del nazismo con algunos temas cantadas en la voz de Hitler. En efecto, Gainsbourg tuvo que llevar la estrella amarilla durante su niñez en la Francia ocupada. Nació con el nombre de Lucien Ginsburg, hijo de judíos rusos, y se vio obligado a huir al territorio libre del sudoeste, el único lugar donde a su padre aún le daban trabajo como músico.
Gainsbourg también provocó un escándalo con la canción Lemon Incest, un dueto con su hija, la actriz Charlotte Gainsbourg, que contó con un provocativo video en el cual ambos aparecían con poca ropa en la cama. Además, posó vestido de mujer para la cubierta del disco Love on the Beat, e hizo guiños sexuales a Whitney Houston en la televisión. De hecho, los programas de tv enchufados al escándalo lo llamaban con frecuencia y estimulaban sus excentricidades. Además de su encarnación musical, Gainsbourg compuso para varias películas y también apareció y dirigió algunos filmes, entre ellos Je t’aime… moi non plus, protagonizada por Jane Birkin. En la canción Ecce Homo introdujo a su alter ego, Gainsbarre, una especie de Mr. Hyde auto destructivo (lo contrario del Serge doméstico, de quien se dijo que vivía solo porque no soportaba que desordenaran su casa toda pintada y decorada de negro, donde además guardaba su extraordinaria colección de pintura contemporánea).
Entre 1990 y 1991 había sufrido un infarto, le habían extirpado dos tercios del hígado en una cirugía de la que se recuperó de milagro, se estaba quedando ciego y caminaba con bastón. Era alcohólico y no paraba de fumar. Su productor, Philippe Lerichromme, intuía que el fin se acercaba, pero de todas formas se sorprendió cuando ocurrió: aún tenían muchos planes, como grabar un disco en Nueva Orleans y hasta una probable colaboración con Bob Dylan. En su funeral, François Mitterand dijo: “Fue nuestro Baudelaire, nuestro Apollinaire… elevó la canción al nivel de arte”.